Amanecemos en Ársalir Guesthouse, con vistas hacia la iglesia de Vík desde nuestra ventana.
Vamos de regreso a Reykjavik, con intención de pararnos en los sitios que no vimos a la ida. Así que el primero de ellos es Dyrhólaey, una de esas playas volcánicas de Vík que vimos de lejos. Justo saliendo del pueblo recogimos a una pareja muy jovencita de franceses haciendo autostop (práctica muy común aquí). Estaban dando la vuelta a Islandia y según nos contaban, no habían tenido nunca problemas en encontrar coche ni tampoco con sus conductores.
Vistas desde el faro de la playa (frío y viento fuerte incluidos)
Siguiente lugar pendiente por ver: Sólheimajökull, una lengua glacial accesible que avanza y retrocede según le viene en gana (¡no tiene guasa!). Hay que desviarse por un camino de gravilla y baches sufriendo constantemente por el coche, pero merece la pena.
Está cubierto de morrena (los sedimentos que va arrastrando la lengua), pero todo eso es hielo macizo. Se puede caminar sobre él (como el grupo de excursionistas de la foto), pero hay que utilizar el equipamiento adecuado si no quieres volver con una pierna y/o tobillo, brazo, mano, cabeza rota.
Los alrededores de la lengua glacial
Volvemos a Skógar (donde aquella cascada del arcoíris y donde nos despedimos de nuestros autostopistas), pero esta vez para ir al famoso Museo Popular (Skogasafn Museum). Se trata de una colección de objetos antiguos reunidos por Thordur Tomasson, un hombre de unos 90 años, y edificios restaurados que muestran la vida y costumbres islandesas de finales del siglo XIX-principios del XX. Tiene varias casas, granjas, una iglesia y un colegio. La verdad que el sitio es muy curioso, te atrapa bajo un aura especial y de repente se siente uno transportado a otra época.
Nos echamos de nuevo a la carretera. Esta vez no paramos hasta llegar a Hveragerdi, a sólo 20 minutos ya de la capital. Este pueblo se asienta en lo alto de un campo geotermal muy activo, donde se pueden encontrar fumarolas, un géiser y un río termal donde poder bañarse calentito. Teníamos intención de hacer alguna pequeña caminata por sus valles, pero la lluvia y la noche empezaban a amenazar, así que nos conformamos con ver algunas fumarolas de lejos. Lástima, tenía buena pinta.
Otra cosa por la que destaca el pueblo es por sus invernaderos a pie de carretera, iluminados por las noches (a ver que tendrán ahí cultivado para tener esa luz tan potente.....¡hummm!)
Queríamos hacer noche aquí para intentar aprovechar un rato por la mañana y hacer la caminata que no hemos podido, pero la oferta es muy escasa y cara. Decidimos volvernos al mismo albergue de Reykjavik, que ya conocíamos y así nos quitábamos camino de encima.
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