Seguimos de ruta por el sur. Hoy el destino final es el lago Jökulsárlón, el punto más lejano al que llegaríamos y desde ahí, vuelta atrás.
En la foto, el albergue internacional de Vik antes de irnos, una casita reformada (con sus gallinas y todo)
Paisajes rojizos por el camino
Nos paramos un momento en Laufskálavarda, lugar donde antiguamente había una granja destruida por una erupción volcánica del Katla y donde, según la tradición, los viajeros que pasaban por primera vez por esa zona debían poner una piedra sobre otra para traer buena suerte. ¡Así sea, pues!
Del rojizo pasamos al verde intenso. Durante varios kilómetros conducimos por un campo de lava cubierto de musgo.
El musgo es tan denso que parece un colchón, pero sigue manteniendo la forma de la roca.
Pasamos de largo por Kirkjubaejarklaustur (Klaustur para los amigos), región especialmente castigada por las erupciones del Laki en 1783 durante ocho meses, otro de esos volcanes (cadena de cráteres, más bien) chungos a pocos kilómetros del pueblo. Por aquel entonces se abrieron muchas fallas creando más de cien cráteres. La lava sepultó 50 granjas de la zona y millones de toneladas de ceniza y ácido sulfúrico llegaron a cubrir el sol, causando la muerte de una quinta parte de la población del país, dos tercios del ganado y sumiendo al resto de la población en la hambruna durante años. Esta bestia no sólo afectó a Islandia: bloqueó el sol por gran parte del hemisferio norte, causando daños devastadores especialmente en Japón, Alaska y Europa (bajada de temperatura global, lluvia ácida, hambruna, sequías...). Para añadirle más dramatismo a la cosa, hay que imaginarse esta escena: el pastor del pueblo, convencido de que todo esto era obra de la maldad de sus fieles, dando un sermón sobre el infierno en la iglesia el día que la lava amenazaba con sepultar Klaustur, mientras los gases brotaban y humeaban fuera. Cuando terminó el sermón, el flujo de lava se detuvo. ¡Ni en las mejores películas!
Otra cascada más, Foss á Sidu. Islandia está repleta de cascadas a pie de carretera como ésta.
Justo en frente, al otro lado de la carretera está Dverghamrar, conjunto de rocas y columnas de basalto habitado por elfos y duendes (de entre 20-30 cm) según la tradición popular (la cascada de antes se ve al fondo).
Ayudando a un elfo a colocar la columna de basalto :)
Otro pequeño alto en el camino
Tras varios kilómetros de lava y musgo, nos adentramos en un paisaje completamente distinto. Atravesamos el Skeidarársandur, un sandur de 1300km², lo que lo convierte en el más extenso e impresionante del mundo (de ahí que haya otra palabra tomada del islandés). Un sandur es una especie de delta, una planicie grisácea desértica formada por sendimentos, tierra y grava arrastrados por los ríos que se crean con el deshielo de un glaciar.
Pero claro, en Islandia no podía ser la cosa así de sencilla. Los volcanes no se conforman con cualquier cosita y cuando uno de ellos entra en erupción hacen que el deshielo del glaciar sea a lo bestia, provocando inundaciones catastróficas (lo que se conoce como jökulhlaup), llevándose por delante sin piedad todo cuanto encuentre. La última de éstas fue en 1996 cuando un terremoto hizo entrar en erupción al Grímvötn. Los científicos preveían la catástrofe y se construyeron grandes diques con la esperanza de desviar las inundaciones llegado el momento. Pero esto era como si un enanito intentara matar a un gigante tirándole piedras...Al mes de la erupción, toda el agua contenida se vació con un flujo de 45.000 metros cúbicos por segundo, arrastrando icebergs del tamaño de un edificio y destruyendo los diques, puentes, parte de la carretera de circunvalación y a toda persona o animalito que tuviera la mala suerte de pasar por allí.
Es inquietante saber que detrás de paisajes tan relajantes y solitarios, donde el silencio es sobrecogedor, haya habido tales apocalipsis a lo largo de la historia. ¡No es de extrañar que haya tantas leyendas sobre seres sobrenaturales!
Pasamos el sandur (o gran parte de él), con vistas de una de las muchas lenguas glaciales del Vatnajökull, el glaciar más grande de Europa y tercero del mundo, que da también nombre a uno de los tres parques nacionales del país.
Paramos en Skaftafell, zona natural ya perteneciente al Parque Nacional y base para muchas rutas de senderismo (una de las cuales haríamos al día siguiente). Subimos a esta colina, con idea de reservar alojamiento en un albergue que resulta que ya no existía, pero al menos nos llevamos unas impresionantes vistas del sandur y una mejor idea de su alcance.
Por suerte, en el centro de información del parque nos hablaron de un camping, Flosi, en Svínafell, a apenas 5 minutos en coche, donde encontramos alojamiento en una cabaña por unos 25€/persona (también hay un hotel por la zona, pero a precios que los va a pagar su padre si quiere). Resuelto este asunto, avanzamos un poco más en busca de algún merendero, topándonos con Sandfell, punto de acceso para escalar al Hvannadalshnúkur, la montaña más alta de Islandia.
Por ahí detrás mía en la lejanía andará dicha montaña.
Nos vamos acercando a nuestro destino final mientras el tiempo se va volviendo un tanto tenebroso y acojonante.
Y por sorpresa, el lago Jökulsárlón aparece a la izquierda de la carretera un tanto escondido, pero dejando ver enormes bloques de hielo.
Este lago sólo tiene 75 años pero cada vez va creciendo más debido a la retirada de su glaciar (el Breidamerkurjökull, un ramal del Vatnajökull). Trozos de hielo se van desprendiendo de él y flotan hacia el mar.
Rodeamos un poco el lago, alejándonos de los turistas para poder disfrutar del lago en su plenitud. El silencio aquí es una auténtica maravilla, sólo se oyen gotas de agua del deshielo y, de vez en cuando, algún trozo de hielo que se desprende y cae al agua.
Alguna que otra foca curiosa se asoma para volverse a zambullir en el agua y perderse entre los bloques de hielo.
Poco a poco, con el atardecer, van apareciendo diferentes tonalidades de azul.
Trozos de hielo viajando hacia el mar, a pocos metros del lago.
Después de un buen rato de terapia desestresante por el lago, emprendemos la vuelta atrás. Ya hemos llegado al punto más lejano en nuestra ruta por el sur. De camino damos con un camino de gravilla que lleva a otro lago glaciar, el Fjallsárlón, al que bajé yo sola.
No sería tan grande e impresionante como el otro, pero me regaló uno de los momentos más mágicos del viaje: este atardecer para mí sola, sin absolutamente nadie más a mi alrededor.
Nos paramos un momento en Hof, un pueblecito vecino a nuestro alojamiento con una iglesia de madera y turba (techos de hierba, muy común en Islandia y utilizado como aislamiento térmico).
Llegamos al camping: hora de descansar y relajarse. Habrá alojadas unas 5 personas o así con las que nos cruzamos en la cocina común. Por un error técnico, va y nos dejamos las llaves dentro de la cabaña...No pasa nada, los dueños viven al lado (Svinafell es un "pueblo" de...ponle 20 habitantes, y mucho es) y vinieron al momento a solucionarlo. La noche está fresquita, pero la cabaña tiene calefacción, que ponemos al máximo y dormimos calentitos como bebés.
Brutal.
ResponderEliminarEso sí, miedito da tela... eso te coge ahí en medio explotando y ni Dante´s Peak.
Qué lote de reír con el clima tenebroso XDDD