Día 8: Península de Snaefellsnes II

Bueno, amanece nublado y con neblina, pero al menos no llueve. Salimos de Grundarfjördur, con un rápido vistazo al Kirkjufell (foto), una extraña montaña que corona al pueblo, y seguimos la ruta bordeando la península. En Snaefellsnes es donde se encuentra el tercer y último parque nacional de Islandia, el Snaefellsnesjökull, donde hay otro glaciar y...¿adivinad qué? ¡Sí! otro volcancito. Pero no uno cualquiera: Julio Verne se inspiró en este escenario para Viaje al centro de la Tierra, y es por el cráter de ese volcán por donde acceden al interior. Pero tendremos que conformarnos con imaginarnos las vistas, porque la niebla no nos va a dejar.


Nos desviamos un poco por un camino de gravilla para adentrarnos en Öndverdarnes, un campo de lava que termina en unos impresionantes acantilados de pura roca volcánica.

 
Un poco más abajo está Skardsvik, una playa negra y dorada donde se descubrió una tumba vikinga en los 60 (tuvo buen gusto para elegir el sitio).
 
 
 
Volviendo atrás y siguiendo la ruta nos topamos con Saxhóll, otro cráter volcánico de unos 4000 años y de 300 m al que subimos para tener mejores vistas de todo este campo de lava que estamos atravesando.
 


Hay miles de pequeñas rocas alrededor que muestran claramente el rápido proceso de enfriamiento de la lava (aunque parezca otra cosa...pero es lava solidificada)


Continuamos por este místico lugar, contemplando Lóndrangar a los lejos, dos pilares de lava que sobresalen del océano y que, según los lugareños y las leyendas, los elfos los usaban como iglesia.

 
 
 

 
 A unos 10 km más adelante se encuentran Hellnar y Arnarstapi. Entre estos dos pequeños pueblos costeros hay un abrupto sendero por el acantilado, con numerosas cuevas rocosas y pináculos marinos, que merece la pena recorrer (aunque no lo hicimos entero, se tarda sólo 30-40 minutos entre pueblo y pueblo). Escenario perfecto para una de las miles de leyendas que habrá sobre seres mitológicos y dramas volcánicos.



Almorzamos en Arnarstapi, en un pequeño restaurante al final del sendero regentado por una mujer con unas manos gloriosas: el pan de centeno casero es una exquisitez, como todo lo demás que probamos (como el crêpe de la foto).


Lamentablemente, tenemos que seguir el camino hacia Reykjavik. Esta vez sin paradas, ya que el vuelo de mi compi sale por tarde y andamos con el tiempo justo.
 
Disfrutamos por última vez de esos pintorescos paisajes que convierten a Islandia en lugar único.

 
Y esos pueblos y granjas solitarios, misteriosos y escasamente habitados, que de vez en cuando recuerdan al viajero que existe civilización por estas tierras.
 
 
 
 Pasamos por el túnel de Hvalfjördur, que atraviesa el fiordo que rodeamos ayer, ahorrándonos 45 km de viaje.

 

Llegamos a Reykjavik. Dejamos el coche sin problema alguno (ni siquiera miraron para ver si le habíamos hecho algún estropicio, otra prueba más de su confianza) y salimos corriendo hacia el albergue (el mismo de siempre). Mi compi se marcha pero yo me quedo un día más. A partir de las seis de la tarde, ya estoy sola en Islandia.
 
Por suerte, tengo la habitación toda entera para mí. Reservé una habitación sólo para mujeres desde España y parece ser que no hay muchas viajeras por esta época.
 
¡Pues hala! A descansar se ha dicho.
 

 

 
 

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