Día 1: Reykjavik

Me decidí a ir a Islandia de cabeza cuando supe que  había compañías de bajo coste que vuelan allí desde Londres, donde iba a pasar unos días para visitar amigos. Easyjet sale desde Londres Luton (a una hora al norte de Londres, aeropuerto muy pequeño pero al que no le falta un pub abierto desde las 5 de la mañana sirviendo pintas a mansalva....). En mi caso sí compensaba porque hacía parada en Londres, pero en otros casos hay que pensárselo un poquito y ver si no es mejor volar desde España directamente con las compañías islandesas. A no ser que desde España vueles también a Luton (no hay tal suerte desde Sevilla), es un auténtico coñazo tener que cambiar de aeropuerto allí. Están todos a más de una hora del centro (a no ser que tengas pasta y vueles a Heathrow) y te puede salir la cosa igual de cara al final. Por suerte hay autobuses que te trasladan de un aeropuerto a otro, pero eso... vas sumando de aquí y allá y quizás no salgan las cuentas.

Bien, pues después de pasar noche en el aeropuerto de Luton, porque el vuelo salía muy temprano, y un par de horitas y pico de vuelo, me planto por fin en el aeropuerto internacional de Keflavik (ciudad a 40 minutos de Reykjavik). El tiempo no acompaña mucho: llovizna y hace un frío que pela, pero en el trayecto en bus hasta la capital ya puede uno apreciar el extraño paisaje islandés (campos de rocas negras y musgo verde intenso)

entrando en Islandia
Desde la estación de bus, con un mapa y paraguas en mano busco el albergue (paseíto agradable en el que ya intuyo que me va a gustar la ciudad), dejo mis cosas, y a la calle de nuevo. Voy callejeando y observando las casas de estilo nórdico que tanto me gustan, con sus ventanas grandes, decoradas y sin rejas (a ver cuánto duraría en España una casa así sin ser asaltada...). La mayoría no tiene ni persianas, pero eso no afecta a la intimidad de las casas porque aquí no son tan marujos como nosotros. Las tiendas de tatuajes también eran así y se podía ver cómo se tatuaba la gente medio desnuda y todo.
 
 
Girando a la izquierda, la calle Skólavördustígur lleva hacia el edificio más emblemático, Hallgrímskirkja (da igual, no intentes pronunciar los nombres...). Iglesia moderna por fuera (imitando columnas de basalto, tipo de roca volcánica muy presente en el país) y máxima sencillez por dentro. Custodiando la iglesia hay una estatua de Leifur Eiriksson, explorador vikingo y primer europeo que llegó a América (de Cristóbal Colón, ¡nanaiiii! según ellos)
 
 
 
Desde la torre de la iglesia (hay que pagar, pero nadie vigila el ascensor ni pide el ticket...ahí lo dejo) se tiene una vista panorámica de toda la ciudad, dando gran colorido a un cielo gris lluvioso.
 
 
Sigo paseando entre calles disfrutando de la arquitectura de las casas, hechas en su mayoría de madera por dentro y chapa por fuera (resistentes al clima y terremotos).
 



 
Rodeo el lago Tjörnin
 

 
Callejeo un poco más...
 
 
Y no puedo evitar meterme en una de esas cafeterías que tanto estaban llamando mi atención. Casi todas están decoradas en un estilo cincuentero, vintage, bohemio, retro o lo que sea que fuera pero que te atraen como un imán y te atrapan en su ambiente acogedor. Este en concreto tenía hasta libros que podías coger (aunque yo tenía mi guía).
 
 
Aquí mismo pude observar esa costumbre nórdica de dejar los carritos (con bebé incluido) fuera del bar. Según tengo entendido, para que el niño se vaya aclimatando.
 
 
Y no es precisamente porque los niños no sean bienvenidos en sitios públicos. Al contrario, la mayoría de locales tienen juguetes y espacios habilitados para ellos.
 
 
Entro en una tienda de artesanía y me encuentro cuero hecho de piel de pescado (son bastantes creativos con los recursos que tienen).

 
 

Me acerco al museo Einar Jónsson, dedicado al famoso escultor islandés, y doy un paseo por el jardín de las esculturas (gratuito), obras simbolistas sobre la esperanza, la Tierra, la primavera y la muerte (muy al estilo literatura romántica).
 
 
 
Callejeamos un poco más, con olor a árboles y tierra mojada por todos sitios

 




 
Por el paseo marítimo, se puede ver el "Sun-Craft", monumento a los vikingos.
 
 
 





 
Kaffibarinn, uno de los famosos cafés que se transforma en pub por las noches, y según dicen, frecuentado por Björk cuando anda por Reykiavik.

 
Había que probar uno de estos famosos pýlsur (perritos calientes): a los islandeses les encanta, ¡y la verdad es que están buenos!
 
 
Arte didáctico por las calles
 
 
 
Y de vuelta al albergue: el frío me ha vencido. Hoy no hay posibilidades ninguna de ver alguna aurora boreal con el cielo cubierto, así que a descansar un poco después de no haber dormido nada la noche anterior. 

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